domingo, 6 de noviembre de 2016

El manantial de la pobreza II (el neoliberalismo de Ayn Rand)

Del discurso final de El manantial, de Ayn Rand se deriva la condena de cualquier dedicación, particular o institucional, a los demás. El altruismo resulta ser un crimen grave. Si se piensa así, cualquier sistema público de sanidad o de seguridad social resulta ser, no sólo impertinente, sino incluso inmoral. No insistiré en cómo a un seguidor del pensamiento de Ayn Rand únicamente le cabe desmantelar todo lo que huela a asistencia comunitaria. No es simplemente una postura económica, ni política, sino una ética fundamentalista. De hecho, opina Roak que “los mayores errores de la Historia han sido cometidos en nombre de móviles altruistas”. Ningún individuo posee obligaciones hacia los demás.
La profesión de arquitecto tiene fuerza simbólica porque en ella se manifiesta un creador, un individuo elevado a su máximo grado de independencia que no puede subordinarse a consideración o instrucción alguna. Muchos tal vez firmarían esta defensa de la libertad del artista. Pero ya resulta más sospechosa esta frase: “Ningún creador ha sido impulsado por el deseo de servir a sus hermanos”, sólo le debe interesar su creación, que da forma a su verdad”. La consecuencia del razonamiento es que no debe existir lazo alguno de dependencia entre la creación artística y la sociedad. La peripecia del personaje a lo largo de la novela muestra que no sólo no cree deber nada a la sociedad, sino que tampoco estima que la sociedad le deba nada a él. Política y administrativamente, no tiene por qué existir ninguna ayuda para el creador y, en el caso de que se le ofreciera, su deber sería rechazarla. El famoso discurso de El manantial resume muy bien los fundamentos de la mentalidad neo-conservadora y permite entender la razón por la que la cultura se posterga hoy en muchos países europeos y en otros sometidos a políticos del nuevo cuño liberal.
Estamos ante principios de filosofía política en los que la triada revolucionaria ―libertad, igualdad, fraternidad― ya no se tiene en cuenta como proyecto político. No se habla de fraternidad, que era un concepto esencial, sino que se sustituye por un acto voluntario y exculpador de la mala conciencia social: la solidaridad. No es lo mismo ser fraterno que ser solidario. La igualdad se reduce ya a no preguntarle a nadie cuáles son sus orígenes (es el políticamente correcto derecho a la intimidad). 
La independencia pudiera llevar al creador a su desaparición como tal. Si fuera así, sería porque la sociedad no siente necesidad de su obra, lo que viene a ser como decir que se trata de una obra inútil, improductiva. Además, la independencia absoluta del artista con respecto a la sociedad acaba significando el desasistimiento de la herencia cultural. Paradójicamente, la ideología neoconservadora viene a traer el abandono de cualquier tradición, porque nada enlaza al creador con ella, ninguna costumbre gobierna, controla o aporta raíces. El vendaval de un día puede arrastrar y devastar lo construido a lo largo de siglos y ahí radica el peligro cultural del neo-liberalismo.

El manantial de la pobreza I (Lectura de Ayn Rand)

En 1943 se publicó en los Estados Unidos una narración de Ayn Rand que gozó de enorme difusión y hoy parece algo olvidada. Cinco años después, dirigido por King Vidor, Gary Cooper dio cuerpo al arquitecto Roark que la protagonizaba. No está de más decir ya aquí que Ayn Rand, sus libros sobre pensamiento social y político y la larga novela El manantial son objeto de devoción entre los políticos neo-conservadores, que se califican a sí mismos de liberales.
Hacia el final de la novela, el arquitecto protagonista, acusado de haber destruido unos edificios que diseñara pero que no se habían construido siguiendo exactamente sus planos, pronuncia ante el jurado un largo discurso que ha sido múltiples veces reproducido y, hoy en día, se pasea orgullosamente a través de la Red.
Las palabras de Roak quisieran ser una defensa de la importancia del individuo. Cuando se publica el libro, aún no ha terminado la segunda guerra mundial, pero las resistencias anticomunistas son ya evidentes en los Estados Unidos, por lo que resulta explicable que esa defensa de la libertad individual resbale hacia una crítica de cualquier sentido colectivizador: “La mente es un atributo del individuo. No existe una cosa tal como un cerebro colectivo. No hay una cosa tal como el pensamiento colectivo. […] Ningún hombre puede usar sus pulmones para respirar por otro hombre”. Si en el individuo radican funciones imposibles, no ya de colectivizar, sino incluso de compartir, se justifica que cada persona se considere absolutamente independiente de los demás.
Frente al individuo independiente, que tanto defiende la autora, pudieran presentarse otros que afirmen vivir para los demás, dedicarse a defender los derechos comunes, pero Roak asegura que son seres innecesarios, simples parásitos que no es que vivan para los demás, sino de los demás. La sociedad, por lo tanto, se resentiría gravemente de cualquier norma que restringiese la voluntad individual.
Pese a la elementalidad del razonamiento, ya pueden vislumbrarse las implicaciones políticas del modo de pensar de nuestro arquitecto y el por qué resulta modélico para los neo-conservadores. Ayn Rand, entendió muy bien que el trabajo del arquitecto ofrecía una posibilidad de tratamiento literario claramente simbólico. Es la profesión en la que la metáfora divina de la construcción del mundo resulta más legible. En ella se unen la actividad creadora, la manual y la intelectual, entendiendo aquí por intelectual la capacidad de elaborar un concepto de mundo, de magna organización, de planificación. ¿Ante esa defensa del individualismo, dónde queda la función de la sociedad y no digamos la del Estado? La novela no lo aclara, pero hay que suponer ―y más conociendo la novela siguiente de la autora, La rebelión de Atlas― que se espera que no sea sino la menor posible, tal vez mínima.

domingo, 18 de septiembre de 2016

La detención de mi tío (recuerdo traicionado)

El infierno son los demás
Jean-Paul Sartre
  
Cuando la policía detuvo a mi tío José Luis, en 1944, yo aún no había nacido. Pasó toda mi infancia sin que nadie me lo contase, pero algo sabía yo que había sucedido porque mi tío no estaba con nosotros y mi prima hablaba de un papá invisible. Claro es que muchas cosas eran invisibles o, al menos, inalcanzables, lo que viene a ser lo mismo.
Yo mismo aprendí muy pronto a fabricar objetos invisibles. Así, mis compañeros de colegio nunca llegaron a ver el auto de mi padre, en el que salíamos de excursión todos los fines de semana para ir a un pueblo al que nunca llegábamos. O no fueron capaces de percibir la casa en que vivíamos, situada en un barrio que ellos no podían imaginar y a la que nunca acudían para celebrar mi cumpleaños.  A lo largo de la vida supe que esa manera de actuar se llamaba disimulo, silencio o simplemente miedo.
Usted que está leyendo estas páginas es improbable que consiga situarse en mi punto de vista. Tampoco sé si tiene importancia, porque lo que interesa no es que usted se sitúe o no en mi punto de vista, sino que yo, escritor, logre elaborar un discurso coherente. Para conseguirlo necesito dominar mi vida, obtener una visión panorámica que, impidiéndome enfangarme en detalles sin trascendencia, ofrezca una contemplación comprensiva. ¿Pero cómo hacerlo sin insistir en los pequeños detalles que, uno a uno, no lo son tanto? Un golpe en la frente carece de valor, pero ese golpe en la frente nos hizo probablemente llorar, quejarnos al maestro porque el compañero de banco nos maltrataba y arrastraba con él a los demás niños del aula. Aquello, el golpe sin importancia, resulta que sí adquiría importancia, que nos hizo odiar, no ya al compañero, sino a la clase entera, al colegio, al sistema escolar, a la cultura y, desde luego, al ministro responsable que bien merecido siempre lo tiene.

El caso es que no era demasiado subrayable que detuvieran o no a mi tío José Manuel. Un preso más o menos bajo el franquismo tampoco era para tanto. Pero a nosotros, a mi familia, le significó un vuelco en su vida que duró muchos años y que no sé si acabó por purgarse o no. El caso es que lo detuvieron, yo nací con él en una celda y sólo pude verlo un día de la Merced, cuando los niños accedían a las cárceles para comprobar la generosidad del caudillo que, incluso, autorizaba a que los presos nos regalaran juguetes que habían comprado dentro de la propia prisión, para beneficio de algún paniaguado. Es que la caridad bien entendida empieza por uno mismo y cuanto antes mejor.
Lo de cuanto antes está escrito con retintín, advierto, porque el día de la famosa Merced los niños de los presos, no solamente veíamos a nuestros familiares condenados sino que también, y eso era sin duda importante, aprendíamos a movernos por los espacios carcelarios, conocimiento importante porque nunca se sabe lo que el futuro proveerá. Franco, pues, en su generosidad infinita, nos proporcionaba la posibilidad de cursar un temprano máster, no sé si de investigación o de los llamados profesionales.
Ya vas aprendiendo, ya vas aprendiendo, nos decían al salir los funcionarios de prisiones cuando, ya en la puerta, en los brazos el tremendo camioncito de madera pintado con los colores de la Falange o los de la Guardia Civil, nos cuadrábamos respetuosos y decíamos ¿Da usted su permiso?
El otro aprendizaje que la prisión de mi tío José Antonio me proporcionó fue el de leer un sentido oculto entre la líneas de las cartas que nos escribía desde la prisión de Burgos. “Me gustaría saber cómo está de salud Jacintito”, y Jacintito no existía, pero mi padre sabía bien que había que contestarle: “Parece que Jacintito llegará pronto de su viaje”, lo que venía a ser una extraña consigna que sólo ellos dos entendían, pero que debía resultar muy importante.  Durante largo tiempo, en mi adolescencia, deseé estudiar en la escuela Diplomática, sabiéndome preparado para trabajar en la sección de claves del Ministerio de Asuntos Exteriores, pero fracasé en el examen de ingreso porque no era hijo de marqués.
Debo confesar que no fue ése el único examen de ingreso que no logré superar. Siempre, al salir de los exámenes, las pruebas, los castings, las presentaciones, las iniciaciones o las conspiraciones, oía a alguno preguntar, ¿éste viene de parte de quién?, ¿lo recomendaba alguien?, ¿quién su maestro?, ¿en qué departamento se ha formado? y otras preguntas científicas de idéntico tenor.
No voy a insistir más en el medio social en el que me eduqué y que consiguió precisamente lo que no pretendía obtener de mí, que me hiciese un hombre de provecho. Y así me ha ido.
Se preguntarán ustedes, estimados lectores, señoras y señores del jurado, qué entiendo por hombre de provecho. Lo primero que debo especificar es que no hay en la expresión distinción sexual alguna. De haber nacido con distintos atributos físicos hubiera escrito, y con mayor razón, mujer de provecho, que suele ser aquélla de la que todos se aprovechan, como del hombre. Por eso, para sostenerse, el hombre o la mujer de provecho tienen que pasar por un curso intensivo de boxeo. Un curso, no tanto para aprender a golpear, sino para alcanzar el correcto juego de piernas,  el modo correcto de protegerse cuerpo y cara con los puños y, sobre todo, alcanzar la capacidad de encaje suficiente como para endurecer el hígado. Lo malo es que, a partir de algún momento, todos los que se reciben son golpes bajos.
Y ya está, soy un viejecito, éste que ven ustedes, que ha vivido. No lo confieso simplemente, juro que he vivido, trabajado, combatido, sufrido, soportado y aguantado. No he logrado nada, no he ganado premio alguno, no he patentado algún invento, no he gobernado, nada de nada. Simplemente he aguantado hasta ahora y he llegado, como quien no quiera la cosa, hasta la página cuatro de este libro. Ya no sé si alcanzaré la última. Lo empiezo a contar ahora, cuando recuerdo el día en que la policía detuvo a mi tío José Miguel.  

sábado, 16 de abril de 2016

Información cultural o Pero Grullo 'revisited'

El folklore, al que atribuimos unos conocimientos acendrados en el tiempo, cuenta con un curioso personaje, más normal de lo que parece, que presume de saberes absolutamente mostrencos, que todo el mundo posee. Son las llamadas verdades de Pero Grullo, importantes sin embargo muchas veces porque, por sabidas, nadie se detiene en ellas. Permítanme, estimados lectores, que me vista como ese personaje folklórico y repita de nuevo lo que todos saben, por si acaso alguno, de tanto buscar lo extraordinario, deje de lado lo cotidiano.
No son pocos los directores de periódico que consideran los suplementos y las páginas culturales, especialmente, las dedicadas a la crítica de libros, escasamente significativos a la hora de vender ejemplares. Opinan que no hay público real que las lea, porque encierran información sólo propia para una élite de iniciados. Resultarían ser, por lo tanto, un lujo, una simple operación de calidad de imagen. Esto lo sufren los responsables de tales páginas o suplementos perdiendo espacio en la publicación y debiendo justificar cada vez por qué hablan de algún tema determinado o, lo que puede ser peor, por qué no hablan.
Llama la atención que tales suspicacias no parezcan afectar a otras páginas y secciones de los periódicos que son, a todas luces, también elitistas y escasamente leídas, como gran parte de los sesudos artículos de economía. Además, las páginas o colaboraciones que se sostienen por el prestigio que aportan también pueden y deben medirse a efectos de rentabilidad. Pero conviene añadir que, detrás de la cultura y de los libros, se sitúa una importante industria que genera numerosos puestos de trabajo y dividendos nada desdeñables.
Entre 1989 y 1993 dirigí un programa de información cultural en la televisión de Andalucía, titulado “Indicios”. Procuraba ofrecer cada semana, a lo largo de la media hora de la que disponía, ya en programación de noche, una entrevista con algún escritor o artista, un reportaje de actualidad y una agenda de la actividad cultural en Andalucía. Tomé algunas opciones estéticas que no es cuestión de detallar aquí, pero que permitieron ofrecer un programa que no desdeñaba cierta investigación con la imagen. Sí quisiera, en cambio, narrar una anécdota que me sucedió una mañana de invierno, ventosa y fría para aquella latitud, en la playa de la Atunara, una de las zonas entonces más deprimida, en La Línea de la Concepción, al pie de la roca de Gibraltar. 
Mientras grabábamos una entrevista a Gabriel Baldrich, un periodista que fue compañero de guerra de Miguel Hernández, junto a un búnker de la segunda contienda mundial situado a la orilla del mar, el agua nos había llegado casi a las rodillas, por lo que acudimos a un cafetín frente a la playa para calentarnos. Se me acercó una señora a felicitarme por el programa del jueves anterior, que había sido un monográfico sobre el ballet de Nacho Duato. En la conversación, le dije que no lo había visto por un viaje de trabajo, y que únicamente visioné los brutos anteriores al montaje (tuve que explicarle, claro es, el proceso de producción de un programa de televisión). La señora me insistió para que subiese a su casa, que estaba próxima, porque lo tenía grabado y “había quedado muy bonito”. En la salita de su vivienda, tomando una copa de anís Las Cadenas y comiendo unas galletitas que mi anfitriona me ofreció en una bandeja con un mantelito hecho a ganchillo, vi aquella emisión. Pero mayor fue mi sorpresa cuando supe que en la casa conservaban las cintas de todas las anteriores porque el marido, pescador de altura, gustaba de verlas seguidas cuando volvía de sus ausencias de cuatro o seis semanas.
Después de aquella experiencia no consentí que nadie en la cadena de televisión me hablase de información elitista o de escasa audiencia. La información cultural a través de la prensa escrita o audiovisual es el único escaparate que millones de personas tienen de la actualidad del arte y de la cultura. En esas páginas y emisiones conocen lo que aún no está en los libros históricos, especialmente en los libros escolares. ¿De no encontrar eco en los medios, cómo podrían acceder a esa información cultural absolutamente contemporánea los miles de maestros de escuela repartidos por toda la geografía, o los funcionarios públicos muchas veces alejados de las grandes ciudades, o tantas personas que, en su período de formación estuvieron atentos a los movimientos culturales y cuando empiezan a ejercer la profesión para la que se prepararon carecen de tiempo para seguirlos? Y no me he referido a las poblaciones injustamente separadas de la cultura desde siempre y que seguirían ignorando que hay algo más que las meras actividades folklóricas. No atender a ese interés o no incitarlo significa, precisamente, trabajar en favor de las élites que ya poseen sus propias redes especializadas. Significa no atender a un mercado potencial que sólo está muchas veces dormido. Significa impedir el desarrollo de industrias que pueden aportar puestos de trabajo e incrementar la riqueza nacional.

Perdónenme que haga de Pero Grullo, pero lo que el sabio folklórico sabe y dice muchos, aunque parezca mentira, ni lo conocen ni lo escuchan. Además, cuando se tira del hilo va desperezándose el ovillo y cada vez el hilo es más largo y más cosas pueden decirse. Los suplementos y las páginas culturales de nuestros periódicos no son un regalo generoso, sino una información que, bien administrada, puede y debe ser doblemente enriquecedora. 

lunes, 4 de abril de 2016

Palabras para "La noche de Max Estrella 2016"

Palabras pronunciadas en el arranque de la Noche de Max Estrella el 1º de abril de 2016
fotografía de Olmo Calvo publicada en El Mundo

 Queridos amigos de Max Estrella,

Perdonadme, pero este año lo es de duelos y de recuerdos. También de duelos y quebrantos ¿O acaso no lo son todos los años?Esta vez los paseantes nos dolemos y recordamos. Los paseantes que, en el inicio de la primavera, caminamos por las calles de un Madrid real, bien que imaginando hacerlo por un Madrid de viejos saberes compartidos.
Desde este Pretil de los Consejos a la casa donde Mariano José de Larra puso fin a su vida; de la fachada de la casa de Calderón de la Barca a la celda del anarquista Mateo Morral; del viejo café donde Valle-Inclán se hirió en el brazo al teatro desde el que Benito Pérez Galdós, con su Electra, tumbase un gobierno en 1901.
Porque hubo un tiempo —sí, créanme; lo sabemos los más viejos del lugar—, hubo un tiempo en que el mundo de la cultura era capaz de que el Presidente del Consejo de Ministros, al mirarse una mañana en el espejo, se convenciese de que no llegaba a la categoría de figurón y, entonces, sacase de  su bolsillo unos cuartos de dignidad y dimitiera.
Ahora la cultura no tumba gobiernos pero, en cambio, el gobierno la tumba y la fuerza y la violenta con el 21% de impuestos.
Ahí tenéis un gobierno que se desentiende del centenario de la muerte de Miguel de Cervantes, cuyo Quijote es referencia de millones de lectores por todo el mundo; ignora el centenario de la muerte de Rubén Darío, que introdujo la modernidad en la poesía hispánica, o el de José Echegaray, que puede ahora gustarnos más o menos, pero fue el primer Premio Nobel español; un gobierno desconocedor de que hace cien años naciera Camilo José Cela, otro Premio Nobel, cuya novela La Colmena, es de las mejores del siglo, o que también lo hiciese Blas de Otero, el enorme poeta, el ángel fieramente humano; un gobierno que desprecia el centenario de Antonio Buero Vallejo, en cuya escalera aún se encuentran nuestros jóvenes llenos de ilusiones pero sin trabajo.
Y tenemos que ser nosotros, aquí en nuestro paseo anual, los que sabemos que la literatura y el teatro no son simplemente un adorno —como dijo el poeta—, sino fundamental compañía de vida y forja del verdadero sentido patriótico, nosotros, miembros de la castigada sociedad civil, quienes rindamos el homenaje del recuerdo a esos autores, como dentro de un rato se lo dedicaremos a Buero Vallejo a la puerta del Teatro Español.
Mientras, el gobierno se echa a andana, lee, si lee, los periódicos deportivos y sostiene que las revistas pornográficas paguen menos IVA que los libros de Cervantes, Rubén, Echegaray, Blas de Otero, Cela o Buero Vallejo.


Pero, además, los amigos de Max tenemos nuestro duelo particular. Hace unos meses murió Max Estrella. Murió aquel que, si para algunos fue el magnífico actor de la película Solas, para quienes vivimos la Andalucía de los años 80 fue el mejor intérprete de Luces de Bohemia. Cuando leemos a Valle-Inclán, cuando asistimos a una representación de la obra, cerramos los ojos y vemos la figura y el rostro de Carlos Álvarez Novoa, como en la imagen de portada del programa de la tarde-noche de hoy, el programa de la decimocuarta Noche de Max Estrella. Nos convencimos de que Valle-Inclán creó el personaje de Max Estrella para Carlos Álvarez.
Carlos no empezó como actor. Hasta casi el final de su vida no pudo vivir de la interpretación. Era un profesor de instituto, un buen profesor que sabía hasta dónde llega el espejo y dónde está la transparencia.
Porque la literatura y el arte se sitúan entre el cristal y la realidad. El buen hacer de comediógrafos y comediantes, de escritores y cineastas, radica en saber situarse en el cristal sin que la realidad lo opaque o mismo cristal la suprima.
De ahí el convencimiento de que todo cristal puede ser cóncavo o convexo, y el resultado de nuestra mirada un esperpento.
Como conocía Juan Ramón Jiménez, de quien no sé si sabremos conmemorar nada el año que viene (se cumplirá el centenario de Diario de un poeta recién casado), lo importante no está ni en lo transparentado, ni en el cristal, sino en la propia transparencia. Y eso es lo que nos falta.
Enfrente, en casa Ciriaco, bebamos por la memoria de Carlos Álvarez que hoy ya no nos acompaña; luego sintamos el dolor de Mariano José de Larra; después comprendamos a Mateo Morral; más tarde ascendamos por la escalera de Antonio Buero Vallejo y, siempre, luchemos por la educación, la cultura y la transparencia.
   

jueves, 24 de marzo de 2016

Casi un siglo con "Diario de un poeta recién casado", de Juan Ramón Jiménez

   Cuando en 1916 Juan Ramón Jiménez escribiera lo que luego sería Diario de un poeta recién casado, entre el 17 de enero y el 7 de junio, tal vez sólo pretendía anotar cada jornada algo que le sorprendiera de algún modo.  Al fin y al cabo,  ése era su procedimiento habitual de escritura: convertirse a sí mismo en texto. Desde el 8 de junio al 3 de septiembre sigue escribiendo lo que titulará "Recuerdos de América del Este escritos en España", parte final del libro, y da cuerpo al volumen. Esto significa releer y corregir, claro, pero desde luego y principalmente tomar la decisión -aunque fuera provisional, como él mismo dice: Este Diario, más que ninguna otra obra mía, es un libro provisional. Es probable que, más adelante, cuando me olvide de él y lo crea nuevo, lo corrija más- de su estructura y suprimir poemas o escribir otros que cubrieran algún hueco.

     Que suprimió poemas es evidente. Primero porque cualquiera que conozca el modo de trabajar del poeta sabe que Juan Ramón tuvo que escribir más en ese período. Segundo, porque conservamos poemas que, sin duda alguna, pertenecen al mismo ciclo, como es el caso de gran parte de los borradores de Sevilla.

      Que añadió es fácil de suponer, puesto que son numerosos los poemas sin fecha. 

      La provisionalidad, por último, queda clara cuando vemos las dudas que se plantea sobre el mismo título del libro antes y después de publicarlo. Diario de un poeta (en la cubierta y en el lomo de 1917), Diario de un poeta recién casado (en la portada de 1917), Diario de un poeta reciencasado [sic] (ya en Poesías escojidas de 1917), pero de nuevo recién casado en Segunda Antolojía Poética (1919), o Diario de un poeta y mar, en 1948 (repárese que Zenobia tenía como apellidos Camprubí AYMAR), y nuevamente  reciencasado a la altura de su muerte.
     
      Pero el poeta comprende pronto que el libro ha alcanzado una importancia sintomática y genérica de la que no puede prescindir, que lo hace imposible de sufrir cambios importantes, pese a que más de una vez pensó en dividirlo en dos, uno en prosa, bajo el título "Norteamérica", parte de uno mayor, Viajes y sueños, y otro en verso: El amor en el mar.

     ¿Qué puede todo esto importarle a un lector que no busque erudición alguna, sino el simple y mayor placer de la lectura? Además de la comprensión amorosa de los poemas en verso, atrae la sorpresa que surge del contraste entre un nuevo concepto de poesía instrumental y reflexiva y el verso. 

      Juan Ramón no escribe prosa o verso por capricho, sino que emplea en este libro la prosa para referir lo externo a sí mismo o la impresión sufrida por algo concreto, así como la reflexión a lo que lo condujo. Esa prosa cuidadísima, en la ninguna palabra sobra o falta, se convierte en un diálogo consigo mismo, en un espejamiento del yo proyectado sobre los objetos o sucesos que la cultura o el sentimiento ponen en juego. Resulta una obviedad decir que es un libro de viajes o responde a la estructura del diario. Ya lo dice el propio autor. Importa el juego con los hábitos retóricos. Literariamente puede viajar sin viajar y trazar las líneas ficticias de una vida. Es cierto que el poeta se traslada físicamente, pero ello cobra significación al enfrentarlo que otras personas y otras cosas, no hay tanto deseo que conocer como de conocerse.

     El poeta subsume el amor a la mujer en el amor por la belleza, la verdad y la poesía. Como en él es habitual, Juan Ramón Jiménez vive en la poesía y el exterior sólo cobra sentido si se integra en ese mundo poético sólo suyo. De ahí la importancia del título del libro.

     Probablemente Diario un poeta hubiera sido un título perfecto, pues el poeta o lo es en plenitud o no es poeta, luego el adjetivo pudiera ser innecesario. Decide, sin embargo incorporar una clarificación: se trata del poeta en su máxima capacidad amorosa, recién casado (de ahí la posterior unión de las dos palabras, con objeto de dejar más clara la situación de plenitud). Es una situación creativa individual intraspasable que simboliza (con la mujer exclusiva, única, perfecta personalización de la poesía, a la manera de la rima XXIII de Bécquer) la unión del poeta con la inmensidad: el mar, el océano. De ahí la importancia, aunque luego se suprimiera por parecer, tal vez, un simple juego, del "poetA Y MAR".

     Un libro clentral en la poética juanramoniana, pero también de lo que el crítico C. B. Bowra denominó, olvidando imperdonablemente al moguereño, la herencia del Simbolismo. Una obra de plena madurez intelectual y poética.

El Simbolismo, de Bécquer a Antonio Machado

      Aunque he repetido esta argumentación en otros lugares y, especialmente en mis libros sobre el Simbolismo, creo que no está de más volver a poner en circulación este artículo que publiqué en ABC de Madrid el 15 de diciembre de 1998.