domingo, 5 de marzo de 2017

Echegaray

Ya saben ustedes: la verdad es la verdad, la diga Agamenón o su porquero. Yo, sin embargo, no estoy del todo seguro.
¿La verdad es la verdad o la verdad es la idea que en un momento llega a imponerse?
¿Echegaray era un respetable autor dramático o un soberano imbécil, como pretendiera Ramón del Valle-Inclán.
Los simbolistas, los modernistas, la llamada en el entorno de 1900 “gente nueva”, los encerrados bajo el marbete del 98, cumplieron con un deber casi freudiano que fue procurar enterrar a la generación de sus padres.
Casi lo consiguieron porque recordemos cómo Valle-Inclán acabó tratando a Benito Pérez-Galdós. Algunos reconsideraron sus posiciones juveniles y, así, Azorín buscó la forma de recuperar lo más válido de Campoamor, como de algún modo también hiciese Antonio Machado.


Sin embargo, un baldón pesadísimo cayó sobre la persona y la obra de José Echegaray y no parece haber fuerza en el mundo para levantarlo. Mejor dicho, no parece haber fuerza ni siquiera para reflexionar sobre si se debería o no levantar la losa que lo cubre.
Es verdad que en España lo peor que se puede ser es Premio Nobel. De hecho yo he decidido no aspirar a obtenerlo. ¿Se han dado cuenta de que no hemos admitido claramente ninguno? Echegaray fue tachado de imbécil. Contra el premio de Benavente se organizaron manifestaciones. Cuando Juan Ramón Jiménez, un periodista preguntó si el premiado era él o el borrico. La siguiente vez se aseguró que la Academia sueca no se había atrevido a premiar a Alberti, al fin y al cabo comunista, por lo que escogió a Aleixandre. Y cuando Camilo José Cela se llegó a escribir que el Premio Nobel se había desprestigiado para siempre. ¡Caray, es que la Academia sueca parece no acertar nunca con nosotros!
Ahora bien, eso sí, los premiados extranjeros nos parecen estupendos. Vamos a tener que pedir el ingreso en la francofonía, porque los franceses, por ejemplo, se alegran siempre de sus premiados ya que saben que ello redunda en beneficio de todos.
Alguien dijo que la envidia era el gran pecado nacional. Mucho de envidia hubo en la manera de tratar a Echegaray y a su teatro.
Claro que había en la personalidad de José Echegaray muchos rasgos capaces de levantar esa envidia escandalosa.
¡Cómo se le puede consentir a un burgués rico, ingeniero, profesor en la Escuela de ingeniería, autor de obras científicas reconocidas, político, creador del Banco de España, buen economista, respetado por esas actividades en todos los países de Europa, cómo se le puede consentir –repito– a un personaje de esa ralea que decida un día, sin previo aviso, como afición, empezar a escribir dramas, así, por gusto, y consiga de golpe aquello que los dramaturgos profesionales buscan sin conseguirlo años y años! ¿Cómo admitir que un parvenu, triunfador en la vida social, obtuviera además un éxito indiscutible en los escenarios de toda Europa hasta el punto de conseguir el Premio Nobel? Tal vez, pensémoslo bien, ni siquiera perteneciese inicialmente a la Sociedad de Autores ni a ninguna otra sociedad, asociación, club, montepío o sindicato de escritores? ¡Un escándalo!

Os pido que suprimamos la mirada heredada de la envidia antes de acercarnos a la obra de José de Echegaray (del que ni siquiera nos hemos preocupado de recoger las obras completas). Comprenderemos que el éxito se debió a que supo expresar los miedos de la burguesía española de su época. También supo ridiculizarla porque sus miedos eran, pese a su fuerza social, ridículos, de tan escaso aliento como sus aspiraciones. Pero comprender no puede significar admitirlo todo.

1 comentario:

  1. Y tal vez haya que leerlo que es una costumbre muy hispana (entre otras): criticar libros que no se han leído.

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