viernes, 18 de mayo de 2018

Para la historia de la literatura española 5

Dulce María Loynaz venía cada pocos años a España, con objeto de recorrer el país, relacionarse con los escritores del momento (sobre todo poetas) y negociar la publicación de sus libros con la editorial Aguilar, pues el marido, hombre muy rico, sufragaba los gastos posibles de la edición.





Era habitual que el matrimonio organizara cócteles, bien en el piso que alquilaban, bien en el hotel Ritz, con motivo de su llegada, en la despedida o para la presentación de alguno de los libros.





      

La relación con los escritores españoles, tanto con los ligados al régimen, como con los contrarios a él, era por lo tanto bastante fluida y cordial. 

Durante el resto del año, no dejaban de llegar mensajes, como esta felicitación de año nuevo.



Incluyo a continuación está interesante dedicatoria, hecha el día anterior a la entrada de Fidel Castro en La Habana:


jueves, 17 de mayo de 2018

Para la historia de nuestra literatura 4

Fernando Fernán Gómez empezó a publicar mucho antes de su famosa comedia Las bibicletas son para el verano.

Probablemente este libro de poesía  debió de escribirlo estando en Roma  en Cinecittà, pues en 1952 había publicado en la Revista internacional de cine (nº 6 y nº 7) dos colaboraciones tituladas "Diario de Cinecittà".





miércoles, 16 de mayo de 2018

lunes, 14 de mayo de 2018

Para la historia de nuestra literatura 2

                                             Libros olvidados de Guillermo Carnero.


El forzado y la escritura

En un cuento famoso, “El mejor relato del mundo”, Rudyard Kipling presenta a un joven londinense que, gracias a la metempsícosis, le narra al escritor fragmentos de la historia de un esclavo griego en galeras relatada por él mismo. Incluso transcribe sobre un papel, en un griego sumamente corrompido, “las cosas que los hombres seguramente inscribirían en los remos con el borde mellado del brazalete”. Y la frase transcrita es: “Han sido muchas las veces en que me ha vencido la fatiga en este desempeño”.

Son unas palabras misteriosas que nos nos permiten saber, dada la falta de contexto, si la fatiga le vencía en su trabajo de galeote, en el esfuerzo para escribir en el remo o en alguna otra labor. Si fuera la primera posibilidad, carecería de interés literario, pues resulta obvio que el trabajo de los forzados del remo tenía que ser absolutamente agotador. Nada justificaría escribirlo, ni siquiera para un escritor no profesional. Pero en las otras dos posibilidades, y especialmente en la segunda, se dibuja una atrayente escena en la que el penado, oculto a las miradas del capataz que, látigo en mano, vigila, traza con grandes dificultades, retorciendo tal vez la muñeca de su brazo para conseguir que la tensión de la cadena que lo retiene al remo no le impida grabar la frase en la madera. Imaginamos el metal penetrando aún más profundo en la llaga del brazo y la lentitud con la que cada rasgo de la escritura se marca en la superficie brillante por el paso, una y otra vez, de las manos del remero y el agua o el sudor salados. 

Tanta dificultad se debe a que no figura entre las ocupaciones del galeote escribir reflexión alguna. Ni siquiera cuenta éste con un horario previamente establecido para su trabajo esclavo. Aún así, este inalcanzable personaje de Kipling saca tiempo de algunos descansos y roba minutos al sueño deseado y vitalmente necesario para escribir que, en numerosas ocasiones, no ha podido culminar el desempeño de su escritura. Conocemos de él una única frase, una frase maravillosa para iniciar un relato, mas carecemos del relato que debería haberse escrito antes. Porque la frase, aunque hermosa para el inicio, significa que su escritor concluyó al fin y con dificultades inmensas su labor. Pero Kipling, su personaje y nosotros, sólo poseemos el testimonio de su final.

domingo, 13 de mayo de 2018

Para la historia de nuestra literatura 1

El poeta malagueño Francisco J. Carrillo es sin duda el único poeta español que de verdad vivió el mayo parisiense del 68.

Al final del primer poema del libro leemos:


Que uno bajo el pupitre atrinCHErado
mordíase la lengua. Ya era rebelión.
La paz sin un collar de perlas
(locura, neurosis y finales seguros...)
ya florece distinta en el anhelo. 




Para la historia de nuestra literatura 0

Empiezo una serie de entradas en el blog EL PASAVANTE que se van a limitar a recoger cubiertas y dedicatorias de libros de mi biblioteca personal en ediciones no siempre bien conocidas. Cuando el volumen no figura entre los míos lo indicaré expresamente.


     Leopoldo de Luis (entonces Leopoldo Urrutia) y Gabriel Celaya (entonces Rafael Múgica) se conocieron en Madrid, a principios de 1936. 
     Tras la guerra civil, ya en la segunda mitad de los años cuarenta, recuperaron la amistad, que permaneció inalterable hasta la muerte de Celaya.